Luego del Concilio Vaticano II nos enteramos que aquellos que no conocen a Jesucristo tambien se puede salvar, SS Paulo VI y despues SS Juan Pablo II "El Grande", han tratado de darnos armas para que nosotros los que conocemos al Señor tambien podamos salvarnos, hoy SS Benedicto XVI esta tratando de ayudarnos y ha resuelto que el tema para la XIII Asamblea Ordinaria de los Obispos sea LA NUEVA EVANGELIZACIÓN PARA LA TRANSMISIÓN DE LA FE CRISTIANA, este es el numeral 2 del documento sobre el cual se va a trabajar.
«Fui hallado de quienes no me buscaban; me manifesté a quienes no preguntaban por mí» (Rm 10, 20)
2. El deber de evangelizar La Iglesia, que anuncia y transmite la fe, imita el modo de actuar del mismo Dios, el cual se manifiesta a la humanidad ofreciendo el Hijo, vive en la comunión trinitaria, infunde el Espíritu Santo para comunicarse con la humanidad. Para que la evangelización sea eco de esta comunicación divina, la Iglesia debe dejarse plasmar por la acción del Espíritu y conformarse a Cristo crucificado, el cual revela al mundo el rostro del amor y de la comunión de Dios. De este modo descubre su vocación de Ecclesia mater que engendra hijos para el Señor, transmitiendo la fe, enseñando el amor que genera y nutre a los hijos.
En el corazón del anuncio está Jesucristo, en el cual se cree y del cual se da testimonio. Transmitir la fe significa esencialmente transmitir las Escrituras, principalmente el Evangelio, que permiten conocer a Jesús, el Señor.
Precisamente el Papa Pablo VI, lanzando nuevamente la prioridad de la evangelización, recordaba a todos los fieles: «No sería inútil que cada cristiano y cada evangelizador examinasen en profundidad, a través de la oración, este pensamiento: los hombres podrán salvarse por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios, si nosotros no les anunciamos el Evangelio; pero ¿podremos nosotros salvarnos si por negligencia, por miedo, por vergüenza – lo que San Pablo llamaba avergonzarse del Evangelio –, o por ideas falsas omitimos anunciarlo?».[4] La pregunta, con la cual concluye Evangelii nuntiandi, suena a nuestros oídos como una exégesis original del texto de san Pablo del cual partimos y nos ayuda a colocarnos inmediatamente en el corazón del tema, que en el presente texto deseamos afrontar: la absoluta centralidad de la tarea evangelizadora para la Iglesia de hoy. Verificar la experiencia vivida, nuestra actitud respecto a la evangelización, es útil a nivel funcional, para mejorar aspectos prácticos de nuestras actividades y nuestras estrategias de anuncio. Dicha verificación, más profundamente, es el camino para interrogarnos hoy sobre la calidad de nuestra fe, sobre nuestro modo de sentirnos y ser cristianos, discípulos de Jesucristo invitados a anunciarlo al mundo, a ser testigos que, imbuidos del Espíritu Santo (cf. Lc 24, 49 s; Hch 1, 8), están llamados a convertir a los hombres de todas las naciones en discípulos(cf. Mt 28, 19 s).
La palabra de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35) es emblemática sobre la posibilidad de un anuncio frustrado de Cristo, en cuanto incapaz de transmitir vida. Los dos de Emaús anuncian un muerto (cf. Lc 24, 21-24), comentan la propia frustración y la pérdida de esperanza. Ellos hablan de la posibilidad, para la Iglesia de todos los tiempos, de un anuncio que no da vida, pero que tiene encerrados en la muerte el Cristo anunciado, los anunciadores y los destinatarios del anuncio. La pregunta acerca de la transmisión de la fe, que no es una empresa individualista y solitaria, sino más bien un evento comunitario, eclesial, no debe orientar las respuestas en el sentido de la búsqueda de estrategias comunicativas eficaces y ni siquiera debe centrar la atención analíticamente en los destinatarios, por ejemplo los jóvenes, sino que debe ser formulada como una pregunta que se refiere al sujeto encargado de esta operación espiritual. Debe transformarse en una pregunta de la Iglesia sobre sí misma. Esto permite encuadrar el problema de manera no extrínseca, sino correctamente, porque cuestiona a toda la Iglesia en su ser y en su vivir. Tal vez así se pueda comprender también que el problema de la infecundidad de la evangelización hoy, de la catequesis en los tiempos modernos, es un problema eclesiológico, que se refiere a la capacidad o a la incapacidad de la Iglesia de configurarse como real comunidad, como verdadera fraternidad, como un cuerpo y no como una máquina o una empresa.
«La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza».[5] Esta afirmación del Concilio Vaticano II reasume en modo simple y completo la Tradición eclesial: La Iglesia es misionera porque se origina en la misión de Jesucristo y en la misión del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre.[6] Además, la Iglesia es misionera porque asume como protagonista este origen, haciéndose anunciadora y testigo de esta Revelación de Dios y congregando el pueblo de Dios disperso, para que se pueda cumplir aquella profecía del profeta Isaías que los Padres de la Iglesia han leído como dirigida a ella: «Ensancha el espacio de tu tienda, las cortinas extiende, no te detengas; alarga tus sogas, tus clavijas asegura; porque a derecha e izquierda te expandirás, tu prole heredará naciones y ciudades desoladas poblará» (Is 54, 2-3).[7]
Las afirmaciones del apóstol Pablo «predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no predico el Evangelio!» (1 Co 9, 16) se pueden así aplicar y entender en relación a la Iglesia en su conjunto. Como nos recuerda el Papa Pablo VI: «la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia... Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar».[8]
En esta doble dinámica, misionera y evangelizadora, la Iglesia no reviste solo el papel del actor, de sujeto de la proclamación, sino también el rol reflexivo de la escucha y del discipulado. En cuanto evangelizadora, la Iglesia comienza con evangelizarse a sí misma.[9] La Iglesia sabe que ella es el fruto visible de esa ininterrumpida obra de evangelización que el Espíritu guía a través de la historia, para que el pueblo de los redimidos dé testimonio de la memoria viviente del Dios de Jesucristo. Hoy podemos sostener con mayor convicción todavía esta certeza que es nuestra, porque venimos de una historia que nos ofrece páginas extraordinarias de coraje, entrega, audacia, intuición y razón; páginas que nos han dejado muchos ecos y huellas en textos, oraciones, modelos y métodos pedagógicos, itinerarios espirituales, caminos de iniciación a la fe, obras e instituciones educativas.